La Vigilia por las víctimas de la homofobia. Una elección de solidaridad más allá del miedo

Reflexiones de Gianni Geraci, del grupo del Guado de Milán (Italia)

Cuando, en 2007, el grupo Kairos de Florencia (Italia) propuso la idea de organizar una vigilia de oración por las víctimas de la homofobia, acepté la propuesta con entusiasmo.
De hecho, me parecía que, por primera vez después de tanto tiempo, los grupos de cristianos homosexuales tendrían la posibilidad de hacer realidad sus deseos de testimoniar una relación diferente entre experiencia de fe y condición homosexual, de un modo apropiado y original.

De un modo apropiado porque la propuesta de rezar juntos por aquellos que viven una situación de violencia, de marginación, de discriminación o de sufrimiento a causa de una orientación sexual específica tenía el gran mérito de unir a los apremios de muchas Iglesias que, al menos de palabra, condenaban todas estas formas de violencia, las preocupaciones que, por el contrario, partían de la comunidad homosexual, donde el goteo de episodios que sitúan a lesbianas y gays en el papel de víctimas de una violencia irracional se vive con una gran preocupación.

De un modo original, porque el hecho de que personas homosexuales se encargaran de la organización de actos públicos en los cuales encontrarse solo para rezar hacía justicia al profundo deseo de espiritualidad y de intimidad con lo sobrenatural que tienen muchísimas lesbianas, muchísimos gays y sobre todo, muchísimos transexuales.

Entre otras cosas, pensaba que una propuesta como la de velar juntos rezando para recordar a las víctimas de la homofobia sería acogida con entusiasmo por las Iglesias cristianas que ya habían expresado sus palabras de condena a la violencia homófoba, y,  por otra parte, impulsaría a aquellas Iglesias que todavía no habían afrontado este problema a recalcar la importancia de la persona humana y de su integridad, más allá de cualquier valoración ética de sus comportamientos y de sus elecciones.
Habría sido, sin duda, una elección de gran impacto ecuménico la de encontrarse todos juntos para pedir al Señor que nos libere de esta forma de violencia tan hipócrita.

Las reacciones, como era previsible, fueron varias: las comunidades de valdenses, metodistas y bautistas se movilizaron para dar su apoyo a las vigilias que se organizaron; lo mismo hizo la Iglesia Veterocatólica y un sinfín de Iglesias católicas independientes que promovieron un número impresionante de vigilias en muchas localidades de América Latina; por lo que respecta al mundo ortodoxo, debe señalarse la adhesión del obispo Teodoro Corino, que rompió el muro de desconfianza con el que, desde hace ya muchos años, la ortodoxia mira a la homosexualidad.

En la Iglesia Católica Romana las respuestas han sido variadas: fueron muchos los creyentes que decidieron participar a título personal en la vigilia y no faltaron casos en los que grupos juveniles enteros decidieron unir sus rezos a los nuestros; en algunas diócesis las vigilias fueron acogidas por las parroquias con las cuales estos grupos individuales tienen contacto.

En la diócesis de la ciudad italiana de Cremona, hubo incluso un obispo, Excmo. Dante Lafranconi, que ofreció una iglesia de la ciudad a un grupo que quería recordar, junto a los homosexuales, también a otras personas que sufren formas de violencia que nacen de la discriminación.

Sin embargo, no sería correcto si no diese cuenta también de algunas reacciones negativas que han suscitado estas vigilias a favor de las víctimas de la homofobia. En particular hay que destacar aquellas que han recurrido a hacer un uso manipulado del término homofobia.

Una carta que llegó el año pasado al Guado, retomando un fragmento del Léxico de Términos Ambiguos y Coloquiales sobre la Vida Familiar y las Cuestiones Éticas, publicado en 2002 por el Pontificio Consejo para la Familia, negaba, por ejemplo, la existencia de la homofobia, que era definida como «una invención ofensiva e ideológica creada a propósito por los gays para atacar a todos aquellos que no piensan como ellos».

En realidad, la crónica nos propone con regularidad casos en los cuales los episodios de violencia parten de ese miedo irracional a la homosexualidad que, precisamente, se relaciona con el término homofobia.

¿Qué otro móvil, si no, habría impulsado a tres jóvenes de Pordenone que, en enero de este año, golpearon a un inválido homosexual y después justificaron su acción delante de la policía diciendo que su gesto era un intento de «dar una lección a los maricones»?

Y ¿cuál sería el motivo que llevó después a la víctima de este acto violento a no denunciar a sus agresores, sino el terror a la propia homosexualidad, un terror que lleva a menudo a las víctimas de la violencia a sentirse culpables?

Y ¿qué sería finalmente lo que motivó a los agresores de Roberto Collu, el cocinero sardo que, el pasado 21 de marzo, se presentó en urgencias con la cara destrozada por los golpes?

En realidad, negar la homofobia solo porque no se comparten algunas premisas del movimiento homosexual significa traicionar el sentido del mensaje evangélico, tal y como se expresa, por ejemplo, en la parábola del buen samaritano.

De hecho, Jesús recuerda que amar al prójimo significa aceptar la supremacía de la solidaridad sobre cualquier otra cosa. Y recordando esto nos invita a abandonar cualquier hipocresía cuando estamos frente a otro hombre que necesita nuestra ayuda.

He aquí la razón por la que este año hemos decidido seguir la iniciativa de las vigilias con un manifiesto en el cual se invita a nuestras iglesias a superar cualquier tipo de desconfianza y a vencer cualquier miedo para dirigirse a muchos homosexuales que tienen que esconder su orientación sexual, a los que tienen que soportar burlas por lo que son, a los que son marginados, a muchas lesbianas que son despreciadas, a muchos transexuales que no son comprendidos y acaban prostituyéndose, a muchos hombres que son agredidos por culpa de su orientación sexual, a las personas que, en algunos países del mundo, son condenadas, y a veces asesinadas, por su homosexualidad.

Este es el texto del manifiesto que les propongo, invitando a todos los que lean este artículo a hacerse cargo de la organización, en la semana que precede al próximo 17 de mayo, de un momento de rezo en el cual recordar ante Dios a todas las víctimas de la homofobia.

A continuación, el texto del manifiesto:

Desde hace algunos años, el 17 de mayo se celebra el “Día Internacional contra la homofobia”. Pero, ¿qué es la homofobia sino una de tantas formas de miedo que nos condicionan cuando tenemos que enfrentarnos a la diversidad? Lo que ocurre es que el miedo mata el amor porque, como escribe Juan en su primera carta: «quien tiene miedo no es perfecto en el amor» (1 Juan 4,18).

Por este motivo, invitamos a los que comparten nuestra fe en el Evangelio de Jesús a unir sus voces a las nuestras, para pedir a Dios que libere a la humanidad de cualquier forma de homofobia y no solo eso, sino también para pedirle que nos libere de cualquier miedo a la diversidad.

Entre las formas de diversidad, la homosexualidad tiene la característica de poder ser vivida a escondidas, como una actitud que lleva a menudo a la hipocresía.
La homofobia anima a esta postura y aleja a las personas homosexuales de la palabra de Jesús, que condena a los hipócritas de un modo inequívoco.
Condenar la homofobia significa, por lo tanto, ayudar a los homosexuales a abandonar la hipocresía y a emprender con decisión su camino de aproximación a la experiencia cristiana.

Por esto creemos que es importante que nuestras Iglesias, las Iglesias de nuestra ciudad, las Iglesias que nos han abierto a la fe, sepan alzar siempre con fuerza su voz de condena todas las veces que una persona homosexual es agredida, insultada, discriminada, o excluida por su diversidad.

Y es por esto por lo que esperamos que estas mismas Iglesias acojan la propuesta de dedicar un momento de oración a los muchos homosexuales que miran a ellas con esperanza.

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